Tengo días que me gusta y días que no. Tengo días que me gusta todo y lo que no me gusta, me hace reír; tengo días en los que no me gusta nada y, lo que me gusta, se ve opacado por todo lo que no lo hace.
Tengo días y días.
Tengo días que me gusta y días que no. Tengo días que me gusta todo y lo que no me gusta, me hace reír; tengo días en los que no me gusta nada y, lo que me gusta, se ve opacado por todo lo que no lo hace.
Tengo días y días.
La vida es muy larga y el mundo es muy grande para: leer un solo libro, probar un solo gusto de helado, mirar una sola película, enamorarse una sola vez, tener un solo amigo, trabajar de una sola cosa, escuchar un solo disco, usar un solo perfume, entregarse al desenfreno del amor en el baño de un solo restaurant, caerse de una sola bici, dormir una sola siesta y vivir en una sola ciudad.
Y también es demasiado corta para seguir pensando en un amor no correspondido.
Luego de la breve disputa, el Negro me invitó a pasar al living, conformado por un sillón con vista a un cuadro “de muchos miles de dólares, Beba,” tan gigante como feo; un armario del Imperio Chino “o-ri-gi-nal, Beba”; y una repisa llena de fotos de la madre “modelo austríaca, Beba.”
Yo, lejos de impresionarme, comenzaba a entender que el Negro no debía conocer otrra manera de relacionarse con las mujeres, que hablándoles de las cosas que tenía o de su sangre azul. Digamos que le gustaban las ‘botineras de la vida.’* Pero yo no era una de esas.
* Mujeres con dos celulares, de los cuales uno es Nextel y tiene, en el #1 del speed dial, al Sr. Gerardo Sofovich.
Pero una vez que pude ver la situación desde afuera, entendí que no era de ‘malo’ que lo hacía. Me imaginé que tenía unos padres ausentes, que le demostraban afecto a través de las cosas materiales, y ya no lo odié tanto. Aunque también ayudó el masaje (cabe aclarar que el Negro era kinesiólgo y estudiaba para ser profesor de yoga. Conocía el cuerpo humano como, y con, la palma de su mano.)
Claro que después tuvo que volver a hablar: me contó de la cantidad de veces que lo habían parado en Miami ofreciéndole ser modelo, mientras me mostraba fotos suyas en las que parecía Enrique Iglesias.
Vulgar: me parece que vos sos medio creidito, Negro.
El Negro (levantándose la remera y, apuntándose la panza): y qué querés, Beba? Mirá estos abdominales.
La verdad es que, a veces, las mujeres también nos vemos atraídas por lo superficial de un hombre. Pero ese producto era tóxico, por mejor packaging que tuviera.
El Negro: Beba…
Vulgar: qué, Negro?
El Negro: cuándo fue la última vez que estuviste con alguien?
Vulgar: qué te importa, Negro.
El Negro: ay, dale Beba… yo te digo la mía: fue el viernes pasado. Pero estaba pensando en vos, Beba.
Mi cuerpo comenzó a producir una reacción alérgica (genuina); diez minutos después, estaba subida al auto. Pero, antes de arrancar, decidí no pensar en aquella noche como un mal momento, sino que decidí recordarla como una anécdota más en mi repertorio de ‘Historias de vida’ (lo archivé detrás del capítulo titulado ‘Quiero salir, pero no besar.’ Y delante de ‘La vez que casi nos hacen prostitutas en Perú.’); y eché a reír.
El Negro me siguió llamando (Beba, por supuesto) por un par de meses, sin poder creer que su amor no era correspondido. Debe haber pensado que ese día estaba feo.
N de la R: es un cliché de galán barato que nos llamen con apodos universales para no confundir nombres.